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Category: Desde las sombras...

-El día se acerca y nosotros perdimos a un elemento importante dentro de la compañía…-

-Tranquilo Jonás… él volverá a nosotros… podemos aprovechar este momento para enderezarlo. Lo quiera o no, es uno de los nuestros, debe obedecer-.

-Eso espero Líder, no me gustaría tener que pelear en su contra-.

Hacía más frío que la noche anterior. Eduardo estaba ahora sentado en el suelo de su cuarto tratando de armar en parte el puzzle en que se había convertido su vida. Johanna era ahora su único recuerdo que no se movió de su lugar, al menos en nombre. Su rostro no estaba aún asociado, pero su voz y su nombre aparecieron apenas la escuchó hablar por el teléfono.

La luz se encontraba apagada y él se sentía cómodo así, descalzo. Estaba de espaldas a la ventana cuyas cortinas estaban cerradas. Miraba los cuadros en su pared. Las fotos. Masticaba lo que su hermana le relató acerca de Johanna y su relación con ella.

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Luego de haber llegado a su casa, y comenzar a recorrerla por primera vez en sus dos semanas de vida, Eduardo pensaba, encerrado ahora en su desconocido cuarto, lo que aquellas personas le dijeron.

“Somos tus amigos” le dijo ella, ante la mirada de pregunta de su acompañante. Su hermana le explicaba a este último la situación del momento. Mientras que le contaba, Eduardo se miraba de frente y a los ojos con la chancha negra que le representaba en esos momentos aquella joven.

La miraba de arriba abajo mientras su madre le intentaba calmar, aunque ella misma tampoco los conocía bien.

-Ustedes son Carolina y Carlos, ¿no?… mi hijo me habla mucho de ustedes dos-.

Eduardo no podía entender la cantidad de cosas que pasaban por su mente en esos momentos, ni siquiera ahora que estaba solo en su habitación, mirando el techo.

Había una sombra extraña en su rostro que se quedó ahí desde que él la alejó a la fuerza de sí mismo y les preguntó sus nombres. Pero no era eso lo que le preocupaba. Era como si esa persona lo conociera tanto que se sentía casi acorralado, como si lo cazaran.

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-Uff… ¿y eso?-.

Eduardo se recuperó del impacto y se dio cuenta que no era mucho lo que tenía ahora.

Siguió con su pelo, pero dejó dos mechones sin cortar en la parte baja de su nuca, uno junto al otro, de la misma forma que se veía en el recuerdo. “Quizá vuelva algo más”. Era una esperanza. Estaba avanzando.

Golpearon la puerta del baño.

-¿Todo bien?-.

-Si… ya salgo-.

Terminó de decir eso cuando se dio cuenta de la cicatriz que alcanzaba parte de su cuello por el costado derecho, aparte de varias magulladuras hechas por algo parecido a garras. El espejo solo alcanzaba a mostrarle el reflejo de su rostro, por lo que el resto de las heridas cerradas no le resultaron evidentes hasta que por casualidad vio la de su cuello. De haber tenido un segundo espejo en su espalda, habría notado la real magnitud de la marca.

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Estaba rodeado. Por donde fuera que echara un vistazo veía enormes fieras dispuestas a atacarlo con todo. Había una enorme y hermosa luna llena de fondo, pero eso no era lo que le preocupaba. Cientos de enormes bestias se le venían encima… cuando en ese momento… despertó de su pesadilla.

Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada.

Al incorporarse del mal sueño se llevó la mano a la cabeza, sobre la parte de la venda que cubría la herida. Su recuperación fue sorpresivamente rápida.

Se levantó de su cama. Llevaba en ella más de una semana ya, y sin duda alguna parte de sus músculos estaban algo entumecidos por lo mismo. Al recobrar el conocimiento ya no eran necesarios las agujas ni los aparatos monitores. Se estiró al ponerse junto a la ventana. Su atuendo era le de un paciente más del hospital. La bata blanca y nada debajo de ella eran su “uniforme” de momento.

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