Lo último que vio fueron sus zapatillas.
Despertó tres días después en una sala del hospital que estaba junto a la universidad donde él asistía a clases.
Todo era blanco, salvo unas rosas azules que estaban sobre el velador de su cuarto. Un fuerte dolor de cabeza lo aquejó apenas intentó incorporarse. El mareo y las agujas que estaban instaladas en sus brazos lo obligaron a quedarse en su cama.
-¿Qué cresta pasó?… ¿dónde estoy?…- la tercera pregunta que se le vino a su maltrecha cabeza lo llenó de pánico -¿quién soy yo?-.
Podía sentir como el corazón estaba a una altura poco prudente: su boca. El sudor frío le mojaba ahora todo el cuerpo. Se puso de pie como pudo cuando entró alguien a su cuarto. Una desconocida. Vestida de blanco con azul y una insignia desconocida se le acercaba con preocupación evidente. Tenía unos veinticinco años.
-¡Eduardo!… por favor no te agites… tuviste…-.
-¿Eduardo?… ¿quién es Eduardo?, ¿soy yo?… ¡por favor respóndame!-.
