Lo último que vio fueron sus zapatillas.
Despertó tres días después en una sala del hospital que estaba junto a la universidad donde él asistía a clases.
Todo era blanco, salvo unas rosas azules que estaban sobre el velador de su cuarto. Un fuerte dolor de cabeza lo aquejó apenas intentó incorporarse. El mareo y las agujas que estaban instaladas en sus brazos lo obligaron a quedarse en su cama.
-¿Qué cresta pasó?… ¿dónde estoy?…- la tercera pregunta que se le vino a su maltrecha cabeza lo llenó de pánico -¿quién soy yo?-.
Podía sentir como el corazón estaba a una altura poco prudente: su boca. El sudor frío le mojaba ahora todo el cuerpo. Se puso de pie como pudo cuando entró alguien a su cuarto. Una desconocida. Vestida de blanco con azul y una insignia desconocida se le acercaba con preocupación evidente. Tenía unos veinticinco años.
-¡Eduardo!… por favor no te agites… tuviste…-.
-¿Eduardo?… ¿quién es Eduardo?, ¿soy yo?… ¡por favor respóndame!-.
Ella conocía el diagnóstico: un severo TEC cerrado. La probabilidad de una amnesia parcial o total era alta, y ahora mismo lo estaba verificando de la peor forma. Pudo ser bastante peor, pero al parecer, la cabeza de Eduardo era mucho más sólida de lo que él mismo sabía.
-¡Eduardo!-.
Otra mujer, mayor que la primera, entró en la habitación para intentar calmar a Eduardo de su temporal desenfreno.
-Hijo, cálmate por favor-.
-¿“Hijo”?-.
-Soy yo hijo, tu mamá- le trataba de explicar entre lágrimas a quién una semana atrás recibiera un fuerte golpe con una botella de cerveza en la cabeza – dime que me recuerdas por favor hijo- suplicaba la mujer desesperadamente. Eduardo estaba ya en sus casillas, dentro de lo que se puede mantener el autocontrol en una situación así.
-No sé quién es usted señora, lo siento-.
Esas palabras fueron puñales atravesando el pecho de la mujer.
-Señora…- siguió hablando mientras ella trataba de contener el llanto lo más dignamente que le era posible- de verdad, no sé quién es usted, lo siento-.
Las lágrimas que salieron de los ojos de Eduardo le decían a Lucía que estaba diciendo la verdad, y no era invención para hacerle sufrir. Su hijo no le haría daño de esa manera, y ya le habían explicado que en ese estado era probable que hasta hubiese que enseñarle a hablar de nuevo, dependiendo del grado de daño cerebral.
Al ver que la situación estaba algo más manejable para la madre, la enfermera decidió ir por el médico a cargo, no sin antes darle una pequeña instrucción a la señora Lucía.
-Voy por el doctor Ibáñez. Señora Lucía, por favor, él no debe verla mal-.
-Si, perdóneme-.
Eran las diez y media de la noche.
En la cabeza de Eduardo todo estaba revuelto. No había una sola luz que le indicara el camino, la lucidez necesaria para poder recordar algún detalle de sí mismo. Nada. Trataba de recordar. Nada. Unas zapatillas. Seguramente las de él mismo, por como recordaba la imagen. Puntos rojos en ellas. Sangre. ¿Su sangre?, lo más seguro. Nada.
Se tocó la venda que llevaba puesta en la cabeza. Cabello largo. “Así que uso el cabello largo”. Estaba descubriendo su propio cuerpo a los diecinueve años de edad, de nuevo. Paseó sus dedos por alrededor de su cabeza una y otra vez suavemente. Su madre lo miraba porque no tenía nada que decir. De pronto su mano se detuvo en el preciso lugar donde había recibido el golpe que le quitara la luz. Delante de su cabeza, algo más arriba de la frente, hacia el costado derecho. No era necesario presionar demasiado para saber que le dolía aún. Había venda también debajo de su mentón. Suspiró y se echó para atrás. Miró las vías intravenosas de su muñeca.
-¿Qué fue lo que pasó?-.
-Aún no está muy claro. Te encontraron en el estacionamiento de la universidad, tirado en le piso. Parece que te pegaron con una botella de cerveza. Te hicieron exámenes y concluyeron que habías estado bebiendo alcohol- una sombra atravesó el rostro de su madre- y por ahora es todo lo que sabemos-.
Suspiró nuevamente. Poca importancia tenía que ella mostrara evidente preocupación o molestia porque hubiese estado bebiendo. No sabía quién era ella, y por mucho que le dijera ser su propia madre, por el momento tenía mayor importancia saber que fue lo ocurrido esa noche, o al menos recuperar su memoria.
Había detalles que de momento prefirió negarle, como el hecho que cerca de ahí encontraron el cadáver de otro alumno, con quién se le había visto discutir horas antes en la universidad. El infeliz estaba completamente maltrecho, como si hubiese sido atacado por algún tipo de animal, pues encontraron pelo de algo similar a un perro en el cadáver. Lo dramático para la madre, y que el aún ignoraba era que en las uñas, y ropas de Eduardo habían rastros de la sangre del muerto.
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