Estaba rodeado. Por donde fuera que echara un vistazo veía enormes fieras dispuestas a atacarlo con todo. Había una enorme y hermosa luna llena de fondo, pero eso no era lo que le preocupaba. Cientos de enormes bestias se le venían encima… cuando en ese momento… despertó de su pesadilla.

Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada.

Al incorporarse del mal sueño se llevó la mano a la cabeza, sobre la parte de la venda que cubría la herida. Su recuperación fue sorpresivamente rápida.

Se levantó de su cama. Llevaba en ella más de una semana ya, y sin duda alguna parte de sus músculos estaban algo entumecidos por lo mismo. Al recobrar el conocimiento ya no eran necesarios las agujas ni los aparatos monitores. Se estiró al ponerse junto a la ventana. Su atuendo era le de un paciente más del hospital. La bata blanca y nada debajo de ella eran su “uniforme” de momento.

Respiró hondo y trató de recordar algo, cualquier cosa que le pudiera resultar familiar entre sus ideas, pero de momento solo podía recordar la cara de aquella señora que decía ser su madre.

Se dio media vuelta y encendió la luz, para tener algo más qua la iluminación de la calle. Se sentó en la cama y echó un vistazo a los documentos que había en el mueble, que la propia madre le había dejado para ayudar en algo.

Una billetera de cuero negro. Comenzó a sacar uno por uno los papeles que había en ella para tratar de desglosar su pasado, al menos en parte.

Tres naipes de una baraja inglesa, firmados cada uno por el revés por tres personas. Una cuenta pagada de teléfono. Un pase escolar con su nombre y su foto. “Eduardo Andrés Contreras Reyes, así me llamo”. Su carné de identidad. “Dieciocho de Julio de 1987… nací ese día, tengo veinte años y cumpliré pronto veintiuno”. Su credencial universitaria. “Estudio Enfermería… okey… ¿qué más?…”. Suspiró. En su mente se hizo el silencio. Era toda la información que sus documentos le proporcionaban de momento.

De pronto, una fotografía le dio una esperanza de recuperar algo de su pasado. Él mismo y una mujer a su lado. Vestidos formal, como en alguna reunión importante. Sonreían. Eduardo no podía pensar en el rostro de esa persona como propio porque ni a él mismo se recordaba. Pero ella era diferente. Por alguna razón le parecía familiar, y eso lo llenó de gozo. Su sonrisa era familiar, su peinado era familiar, sus gafas eran familiares. “Vamos, puedes recordarla ¿cierto?”. Cerró con fuerza los ojos y aguantó la respiración. Nada. Solo le resultaba familiar. “Buen intento”.

Siguió buscando entre el resto de los papeles. Un boleto de metro. Un clip. Una tarjeta que lo acreditaba como donante de órganos. “Estuve más cerca de lo que hubiese querido”. En suma: nada. Ninguna pista. Nada claro, salvo que no podía recordar ni siquiera una minúscula parte de su pasado, aparte de sus zapatillas manchadas con su propia sangre.

Echó un nuevo vistazo a su velador y recordó las flores azules en el. Rosas. ¿Tenían alguna relación con él?, porque en esos momentos no sentía simpatía por flor alguna, y tampoco ponía en su lugar algún recuerdo.

Abrió la ventana del cuarto un momento para poder respirar aire nuevo. Afuera había estado lloviendo y el frío residual ingresó rápido a la habitación, cosa que a Eduardo le importo poco. Le causó bienestar el frío. “Creo que me agrada más el frío que el calor”. El aroma a húmedo le llenó los pulmones con una sola inhalación. Se afirmó del marco de la ventana y miró por los alrededores.

De pronto llegó a el un sorpresivo sonido. Un estornudo. Estaba mirando por la ventana y vio a dos guardias del hospital hablando, cuando uno de ellos estornudó. Llevaba puestas una bufanda azul y un gorro del mismo color. Un equipo de radio en la mano lo ayudaba a señalarle al otro la dirección en la que quedaba su hogar. Un bigote amarillento delataba su afición por el cigarrillo. El otro era más joven, rostro rasurado y con gorro de lana también. La misma chaqueta indicaba la misma empresa de seguridad.

-Así que la próxima semana estaré viniéndome a vivir a la vuelta, y estaré más cerca de la pega-.

-Que envidia “eñor”… yo tengo que “venime” de Puente Alto “pa`ca”-.

El diálogo era más o menos ese.

A la vuelta de ahí, una ambulancia llegaba con un accidentado de motocicleta. La mujer que los recibió habló primero.

-¿Estado de conciencia?-.

-Viene inconciente-.

-¿Hemorragias?-.

-Externas, herida torácica a la altura de la tercera costilla, fracturas expuestas de fémur y húmero derechos-.

-Llévenlo a urgencias-.

Sacudió su cabeza porque no creía lo que estaba pasando, y no lo entendía tampoco. De repente ya no podía escuchar nada. Pero el aroma a sopaipilla que venía del carrito de la esquina le dio una bofetada de pronto. Luego volvió a escuchar a una mujer que salía del hospital murmurando lo congestionada que se encontraba. Su celular estaba vibrando, pero ella no daba cuenta aún de eso.

Resultaba normal para él, dentro de lo que podía entender, que dos personas que trabajaran juntas charlaran así. No entendía muy bien los términos usados por el personal del hospital, pero era un diálogo razonable también. Normal resulta que con el frío que hacía afuera hubiese gente resfriada, que alguien no sintiera su celular cuando este vibra. Pero no era normal que él pudiera escuchar, oler y ver con tantos detalles desde donde estaba: el noveno piso del hospital.

Ya sé que soy Eduardo Andrés Contreras Reyes, que tengo veinte años de edad y que cumpliré veintiuno pronto. Sé que estudio enfermería… ahora me falta saber QUÉ cresta soy”.

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