-Uff… ¿y eso?-.

Eduardo se recuperó del impacto y se dio cuenta que no era mucho lo que tenía ahora.

Siguió con su pelo, pero dejó dos mechones sin cortar en la parte baja de su nuca, uno junto al otro, de la misma forma que se veía en el recuerdo. “Quizá vuelva algo más”. Era una esperanza. Estaba avanzando.

Golpearon la puerta del baño.

-¿Todo bien?-.

-Si… ya salgo-.

Terminó de decir eso cuando se dio cuenta de la cicatriz que alcanzaba parte de su cuello por el costado derecho, aparte de varias magulladuras hechas por algo parecido a garras. El espejo solo alcanzaba a mostrarle el reflejo de su rostro, por lo que el resto de las heridas cerradas no le resultaron evidentes hasta que por casualidad vio la de su cuello. De haber tenido un segundo espejo en su espalda, habría notado la real magnitud de la marca.

Se metió a la ducha y sacudió la pereza acumulada de días de haber estado en la cama. Se liberó también de los cabellos sueltos que no hubiesen caído por acción de la gravedad. El agua estaba tibia. Le provocaba placer mantenerse bajo el chorro casi hipnótico. Sintió de pronto un murmullo desde el exterior del baño. Sacó la cabeza de la corriente y trató de hacer uso de sus peculiares sentidos, pero no escuchó nada. Se habían ido desde aquella vez en que pudo leer el teléfono del que llamaban a la mujer que no lo sintió sino hasta la tercera vez que la llamaron.

Pasó sus manos por su cabeza cuando se hubo rendido de escuchar la conversación de afuera. Aún quedaba algo de dolor en su herida, pero nada que el agua no pudiera acariciar. Los puntos de sutura le fueron retirados un día antes. Al llegar a los mechones que se salvaron de las tijeras los tomó fuertemente con la mano derecha, intentando estrujar algún recuerdo residual de lo vivido momentos atrás. Nada.

Echó su cabeza hacia delante para dejar que el agua escurriera por su espalda por última vez antes de salir de la ducha y vestirse. Las gotas de agua parecían detenerse en el aire cuando les ponía atención. No había nada que recordar. Era una ducha blanca de recuerdos.

Salió del cuarto de baño casi vestido. Sólo faltaban su chaleco y sus zapatos.

La sorpresa de su nuevo corte de cabello no fue inmediata ya que su familia no se encontraba sola en su habitación.

Con su madre y su hermana estaba ahora un tipo de bata blanca, de lentes y bastante mayor. El médico a cargo estaba ahí para saludarlo.

-Hola Eduardo… me alegra verte en pie por fin-.

-¿Quién es usted?-.

-Eduardo, el es tu doctor-.

El joven se encogió de hombros en señal de desinterés.

-Eduardo…-.

-No se preocupe señora. No me recuerda porque solo vine cuando estaba durmiendo. Además no he sido yo quién ha estado más tiempo con él-.

Luego de una charla de arios minutos en los que Eduardo puso poco y nada de atención, el médico les dio el documento con el que podían retirarse el lugar y con el que debían ir a pedir una hora para el próximo control del joven. Sería un largo proceso en que todos debían poner de su parte. El seguro estudiantil correría con los gastos afortunadamente.

Al salir del hospital, la hermana por fin le preguntó.

-¿Y ese corte de pelo… que te dio?-.

Eduardo no llevaba ánimo alguno de charlar, y menos de dar explicaciones de sus decisiones. Su corte especial tenía más de una razón pero se limitó a contestar un parco “nada, simplemente me lo corté y ya” zanjando de raíz una posible conversación.

Estaba conociendo el mundo de nuevo. Cada sonido, cada color, cada aroma eran nuevos para él ahora.

Una extraña sensación lo invadió de pronto. Alguien los observaba de cerca.

-¡Eduardo!-.

Se dio la vuelta para ver quién lo llamaba por su nombre cuando una chica vestida de negro y maquillada de manera bastante oscura se colgaba de su cuello dando gritos de felicidad. Pero Eduardo se sintió casi atacado. El rechazo fue inmediato, y mientras ella lloraba de la emoción de verlo en pie, el solo podía pensar en separarse lo antes posible de ella.

Logró zafarse de se abrazo tomándola de los hombros, y al mirarla a los ojos descubrió algo desconcertantemente familiar en su mirada. Rechazo y apego al mismo tiempo. En un segundo el primero ganó la batalla interna y se apoderó del control, separándose rápidamente de aquella persona.

Ella se quedó mirándolo desconcertada por la reacción. Miró a su familia, luego miró a su acompañante que tampoco comprendía bien lo que ocurría. Extrañamente aquel sujeto provocó en Eduardo exactamente las mismas emociones que la mujer.

-¿Qué te pasa?… solo queríamos saber de ti y nos enteramos que hoy te daban el alta-.

La respuesta de Eduardo fue tan sorpresiva como chocante. Ninguno de los dos comprendía bien lo que estaba ocurriendo con su amigo.

-¿Quiénes son ustedes?-.

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