Luego de haber llegado a su casa, y comenzar a recorrerla por primera vez en sus dos semanas de vida, Eduardo pensaba, encerrado ahora en su desconocido cuarto, lo que aquellas personas le dijeron.
“Somos tus amigos” le dijo ella, ante la mirada de pregunta de su acompañante. Su hermana le explicaba a este último la situación del momento. Mientras que le contaba, Eduardo se miraba de frente y a los ojos con la chancha negra que le representaba en esos momentos aquella joven.
La miraba de arriba abajo mientras su madre le intentaba calmar, aunque ella misma tampoco los conocía bien.
-Ustedes son Carolina y Carlos, ¿no?… mi hijo me habla mucho de ustedes dos-.
Eduardo no podía entender la cantidad de cosas que pasaban por su mente en esos momentos, ni siquiera ahora que estaba solo en su habitación, mirando el techo.
Había una sombra extraña en su rostro que se quedó ahí desde que él la alejó a la fuerza de sí mismo y les preguntó sus nombres. Pero no era eso lo que le preocupaba. Era como si esa persona lo conociera tanto que se sentía casi acorralado, como si lo cazaran.
-Hermano, está servido, ven a comer con nosotras-.
“Vamos a comer algo… por hoy fue suficiente creo”.
Caminó por el pasillo. Su pieza era la última de la casa, única pertenencia real de la familia. Se sentó a la mesa y se vio solo con la señora que supuestamente era la madre de su padre. Una mujer perturbada según le explicaron antes de llegar.
Ella lo miraba fijamente. Él sentía como si lo observara y le molestaba. “Quizá ella esté más cuerda que yo”.
El llanto de su pequeño sobrino le sacó de su molestia y lo llevó al recuerdo del hospital. Ahí también lloraban cada cierto tiempo varios niños. Lo problemático de la situación del hospital fue que cuando le pidió a la enfermera hacer algo para callar a esos bebés, ella le dijo que no era posible que los escuchara realmente porque estaban en el edificio de enfrente, en la maternidad, que estaba separada de ese lugar.
-¿Quién es el papá de tu guagua?-.
Silencio. Fue como si el tiempo dejara de pasar de momento en el lugar. Eduardo contaba las cucharadas de azúcar que agregaba al tazón con leche cuando vio que su pregunta generó un ambiente enrarecido en su casa. Su hermana sostenía a su hijo cuando le atravesaron el pecho con esa pregunta.
La madre la miró esperando una respuesta ágil.
-No sé donde está. Una vez tú le pegaste-.
-¿En serio?, ¿porqué?-.
-La historia es algo larga para la ocasión… comamos mejor-.
La jefa del hogar terminó con la conversación casi de raíz.
-Ojala me cuenten algún día… recuerden que no recuerdo nada-.
Mariana respiró hondo con ánimo de contarle la historia, pero la mirada de su progenitora se lo impidió. Se llevó a su pequeño, ahora más tranquilo, para poder volver a comer tranquila.
El teléfono sonó. Atendió la hermana de Eduardo. Era para él.
-Lalo, es para ti-.
-Gracias-.
Se puso de pie de la mesa, al otro lado del comedor. La abuela lo miró durante todo el trayecto desde su asiento hasta el teléfono.
-¿Eduardo?-.
-Así me llaman, así que parece que efectivamente ese es mi nombre… ¿con quien hablo yo?-
-Realmente lo que supe es verdad entonces. ¿No reconoces mi voz?-.
-No-.
-Entonces te haré una visita estos días. Por lo pronto parece que estas entero. Me alegra saberlo, porque deberías saber desde ya que eres uno de nuestros mejores elementos. Nos veremos luego. Adiós-.
-¿Quién es usted?… ¿aló?…-.
Nada. El tipo al otro lado del aparato cortó la llamada, pero de seguro tendría noticias de él luego.
Sonó nuevamente el teléfono. Ahora él mismo estaba al lado así que respondió pensando que quizá era la persona anterior. Error.
-¿Aló?-.
-¿Aló?… Lalo… yo quería saber…-.
El corazón de Eduardo se detuvo un segundo, al siguiente bombeaba el doble del volumen sanguíneo de lo normal. Sintió frío en los pies y en las manos, mientras su cabeza ardía al mismo tiempo. Su estómago se apretó como si tuviera una piedra en su interior.
-¿Johanna?-.

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