-El día se acerca y nosotros perdimos a un elemento importante dentro de la compañía…-
-Tranquilo Jonás… él volverá a nosotros… podemos aprovechar este momento para enderezarlo. Lo quiera o no, es uno de los nuestros, debe obedecer-.
-Eso espero Líder, no me gustaría tener que pelear en su contra-.
Hacía más frío que la noche anterior. Eduardo estaba ahora sentado en el suelo de su cuarto tratando de armar en parte el puzzle en que se había convertido su vida. Johanna era ahora su único recuerdo que no se movió de su lugar, al menos en nombre. Su rostro no estaba aún asociado, pero su voz y su nombre aparecieron apenas la escuchó hablar por el teléfono.
La luz se encontraba apagada y él se sentía cómodo así, descalzo. Estaba de espaldas a la ventana cuyas cortinas estaban cerradas. Miraba los cuadros en su pared. Las fotos. Masticaba lo que su hermana le relató acerca de Johanna y su relación con ella.
Maldijo nuevamente cuando se rindió a seguir recordando, por el momento. Cuando pronuncio su nombre, una nube negra se instaló en el resto del recuerdo. No recordaba nada más que ese nombre asociado a esa voz. Mientras tartamudeaba al intentar explicarle a la mujer por el auricular su estado y su madre veía que su hijo había tenido un pequeño progreso, Mariana tomó el control de la situación, quitándole el aparato y explicándole superficialmente la situación actual del joven. En esos momentos, Eduardo debió sentarse, ya que una subida de presión le provocó un mareo que casi lo bota al suelo.
Todo iba relativamente bien. Había desechado la idea hasta que nuevamente sus sentidos se hicieron hipersensibles. Su oído le trajo una pelea desde la otra cuadra. El eco que esos insultos provocaban en la cabeza de Eduardo le hizo perder los estribos, llevándose las manos a la cabeza para tratar de dejar de escuchar.
De pronto, un llamado directamente a él. Entre los ecos de todos los ruidos, una voz llamándolo a él, casi susurrándole. Se puso de pie casi si poder controlar sus movimientos y escuchó las instrucciones.
-Vamos Edo… sé que me escuchas… sé que mi aroma llega a ti, y si no, es cosa de pararte en la ventana y abrirla…el olor que está en el aire es una mezcla entre ganado, humo de máquinas del ganado… y yo… síguelo y encuéntrame… si es que quieres saber qué eres de una vez… y recuerda… te… quiero… mucho…-.
Abrió la ventana de par en par y dio lo que podría describirse como una olfateada, de no tratarse de una persona. Se paró en el umbral de la ventana, aún descalzo. Comprobó por sí mismo que efectivamente había en el aire varios olores mezclados. Uno de ellos era sutil pero poderosamente atrayente.
Estaba en el segundo piso de la casa, pero no le importó mayormente a la hora de saltar. Los perros del vecindario comenzaron a ladrarle tal cual lo hicieron cuando llegó en el taxi. Le ladraban con odio y con miedo. Podía sentirlo en sus ladridos.
Salió de la casa y no le costó dar con el rastro de aroma. Se preguntó si lo que hacía serviría realmente para su recuperación, pero el impulso de seguir la huella de olor fue mayor.
Se largó a correr por la calle a una velocidad que cualquier testigo podría calificar de “sobrehumana”.
Las casas pasaban a su lado como si fueran en cámara rápida. Sin perder jamás el rastro, como si pudiera verlo casi, una mezcla de flores secas, tierra húmeda, frutillas y cadáver en descomposición.
Se detuvo en su frenética marcha cuando se dio cuenta que estaba solo y no sabía donde, porque una cosa era seguir un olor familiar y otra era recordar el sector donde residía. Lo peor es que ya no estaba en su barrio. Ahí estaba solo, nadie le conocía.
Sus pies pisaron un charco de agua tan fría que lo sacó de su estado de “híper sentidos”. Y no sería eso lo único que ocurriera.
-¿Comparito…tiene una mone`a?-.
Eduardo se irguió y sacudió su cabeza sin prestarle atención a la persona que le hablaba. Tampoco notó que eran tres los individuos que le rodeaban ahora.
Mala idea. Los sentidos de Eduardo se estabilizaron cuando se sintió acorralado por los desconocidos. Y no solo volvieron sus habilidades sensoriales extraordinarias, también apareció una curiosa sensación de placer ante la posibilidad de un conflicto.
-Ya compare, deje la plata y se va callaito…-.
La sonrisa de la víctima descolocó a los atacantes, pero más lo hizo el golpe de tal magnitud que recibió uno de ellos en el mentón que perdió varias piezas dentales por el impacto. Luego de eso, un segundo sujeto se le lanzó por la espalda, pero el joven lo tomó por el cuello y lo lanzó por sobre sus hombros para tenerlo a merced. Ahora era el desconocido el que estaba de espaldas a Eduardo, quién en un acto bestial abrió sus extrañamente ampliadas fauces y le dio una mordida feroz en el cuello, lo que le generó una herida de tal magnitud que le hizo entrar en shock para morir segundos después.
El tercero no podía moverse del pánico. Ahora estaba frente a frente a su peor elección de asaltar esa noche.
Eduardo entró en conciencia de nuevo y se encontró con una persona en el suelo tirada sangrante de la boca y otro en medio de un charco de sangre. Lo peor vino cuando descubrió que había sangre en su ropa, y peor aún, en su propia boca.
-Por favor… no me mates…-.
-¿Qué?-.
-Por favor… señor, no me mate…-.
No alcanzaba a entender la situación en la que se encontraba, y lo peor es que al parecer, la única persona que podría hacerlo, tampoco podría ayudarlo mucho.
El sujeto salió corriendo y dando gritos de espanto. Eduardo se quedó ahí, escupiendo los restos de sangre y carne humana de su boca, cuando volvió esa voz que lo llamaba, pero esta vez, no susurrándole.
-Debiste matarlo… eso hacemos nosotros… matar-.

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